POLÍTICA
El cambio justo (en intención de voto)
12 de junio de 2015

Enfrascado en su discurso del “gentismo”, con todo dispuesto al estilo moderno de la telepolítica norteamericana, larga caminata hasta un atril, soledad, discurso sin preguntas, lleno de generalidades y frases ensayadas un rato antes junto a su equipo de asesores; así, con esa “puesta”, Sergio Tomás Massa ratificó su precandidatura presidencial en el Frente Renovador.

La escena del miércoles 10 por la noche en el Museo de Tigre fue el resultado de una derrota y la triste comprobación que la acción de Massa, que en algún momento cotizó alto, pero enseguida perdió valor.

Cuando en 2013 su estrella brilló y se impuso en las legislativas de la provincia de Buenos Aires, muchos se aventuraron a soñar con el trigrense en la Casa Rosada y, antes que eso, con una estampida de dirigentes y referentes de todo peso y lugar hacia “la Miami argentina” en busca de besar ese anillo que parecía vencedor. Más temprano que tarde, los primeros síntomas de que eso no iba a suceder se hicieron presentes, algo que debería haber alertado a los renovadores que prefirieron seguir habitando ese espacio mágico y congelado de 2013, cuando ninguna nube surcaba el cielo.

El pase masivo de dirigentes no se produjo y además, el massimo empezó a mostrar una dificultad mayor: no acertaba a articular un discurso coherente. En ese sentido, el combate de ideas y valores, de formas de pensar la práctica política, de concebir la relación entre capital y trabajo en una sociedad, de ubicar en esa matriz el rol del Estado y un larguísimo etcétera de diferencias, empezaron a cuajar en aquel viejo anhelo de Néstor Kirchner que pensaba la organización de la disputa política en Argentina en torno a dos grande bloques de centro izquierda y centro derecha.

En ese sentido, kirchnerismo y PRO empezaron a delinear ese combate entre un proyecto nacional popular y uno neconservador. En ese esquema, el idioma político de “lo que importa son los problemas de la gente” se quedó sin audiencia, simplemente porque no le hablaba a nadie.

Además, y este es otro dato a tener en cuenta, la apuesta de Massa nació vieja y enamorada de un movimiento caro dentro del peronismo, pero antiguo: irse, ganar por afuera, volver luego por el partido.

Ese esquema, operativo en muchos otros momentos de la vida del peronismo en los últimos 30 años de democracia tenía una problema nuevo, que no fue tenido en cuenta en su real dimensión, y que operó como una fuerte limitante.

La reforma política y la instauración de elecciones primarias (PASO) es un dispositivo que contiene a las estructuras partidarias dentro de los partidos, para eso, entre otras cosas, se pensó, y se ha probado eficaz. Es una reforma que propuso un sistema político que genere antídotos contra los aventureros. Massa tal vez esté siendo su primera víctima.

Así las cosas, las campañas fallidas, los bloopers y la falta de coherencia comunicativa que lo puso varias veces al borde del ridículo, eran la muestra de que su propuesta se deshilachaba dramáticamente.

La crisis que se enunció primero como un estancamiento en las encuestas, y después como una caída sostenida, terminó de completarse con una sangría de dirigentes, incluso de su círculo más cercano, que parece imparable.

Con su acción más devaluada que nunca, con rumores y pases de factura que se escuchan aunque se digan secretamente, y con sus antiguos laderos huyendo de su lado, Massa armó su puesta en el Museo de Tigre y dijo que no se baja. Lo dijo el martes 10 de junio. Hoy ya es 12.¿Llegará al 20, cuando venza el plazo para la inscripción de las candidaturas?

 

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