El Puchero
Imperdible! Habitación 1: un delivery en Río Turbio. Dejar en claro que es urgente
25 de marzo de 2018
Emanuel Rodríguez, un artista cordobés relató cómo vivió minuto a minuto el conflicto de YCRT en la cuenca.

“Entrás a Río Turbio y ves la mega usina que Macri frenó, la que empezó Néstor, la que iba a producir, con el carbón de Río Turbio, energía eléctrica para 4 provincias. Es una mole que genera el impacto visual del futuro, pero que al tener ya dos años de abandono, va adquiriendo el aspecto de algo quedado en el tiempo. Entrás a Río Turbio y te recibe la Patria detenida, la Patria entregada. 

Pero también la lucha. Recorro el país con la gilada esta que hago, nunca entré a una ciudad tan tomada por la lucha. Pasacalles, pintadas, afiches. Todo el ingreso a Río Turbio te deja en claro que si la mina se cierra, el pueblo desaparece: son kilómetros de mina, de cinta transportadora de carbón, de talleres. 

Mario me llevó primero a la radio, Maxi estaba haciendo el programa “Boca de Mina” y allí leí algunos de los más de 100 mensajes que recibí de todo el país en apoyo a la lucha minera. 

Después vinimos a la hostería Capipe, desde donde escribo esto. Cada vez que Néstor venía a Turbio y 28 de Noviembre, paraba acá. Siempre en la misma habitación, la 1. Atendido por el mismo mozo, hoy gerente de la hostería, el Peti. Acá no le dicen Néstor, le dicen Lupo o Lupín. El Peti me dio la habitación 1, la de Lupín. Imaginame ahí. 

Sí: hice todo eso, a la velocidad de la luz, me senté en todos los sillones, me acosté, entré al baño, caminé por todos los rincones de la habitaciones pensando “acá venía Néstor, hacia este techo miraba cuando se acostaba, acá se sentaba”. 

Sin mucho más tiempo, salimos hacia el acampe en la mina 5. Es difícil explicar el frío que sale del barro, la forma en la que te golpea el viento. Y esa es la menor hostilidad a la que se enfrentan los mineros. 

No saqué fotos porque no da para ejercer el turismo. Además no tuve tiempo: Maxi me hizo entrar a cada uno de los ranchos. En Turbio el apretón de manos tiene dos pasos: primero la mano como garra, apretón, y luego la mano como en el saludo tradicional, apretón. Saludé a cada minero sabiendo que los callos de mi mano estaban teniendo en cada apretón un baño de humildad.

En uno de los ranchos me apuraron para que haga un chiste. Quise zafar pero me apuraron para que haga un chiste. Les expliqué que no me dedico a contar chiste pero me apuraron para que haga un chiste. Los mismos mineros que impidieron el ingreso de 125 gendarmes, los mismos mineros que sacaron cagando del pueblo a los entregadores. Me apuraron. Hice el gag inicial de mi show y no desperté muchas risas pero me dejaron salir y ahí sí, se rieron, un poco de mi cagazo, otro poco de uno que sí contaba chistes y que claramente, sin haber jugado ni media ficha, había retenido el título ante el forastero. 

Después me metí unos 20 metros adentro de la mina. No califica como adentro: adentro de la mina son unos 6 km de túnel, y ahí empieza la cosa. De todas formas esos 20 metros de oscuridad fueron suficiente cátedra para entender que al corazón de la Patria se llega poniendo en riesgo todo. Se me ocurrieron boludeces, como que el túnel era como el PJ Cordobés y me producía la misma claustrofobia con un único alivio: desde donde yo estaba, aún se veía la salida. 

Salimos rápido pero disimulando, como quien escapa de un fantasma que uno sabe que no es tal cosa. Nos metimos en otro rancho y ahí pegamos onda con los de mantenimiento, que nos contaron historias sobrenaturales. Dicen que ahí abajo se escuchan susurros, se ven mineros que no existen, se ven luces como de casco y cuando te acercás no hay nada. Que cuando hay algo raro se te erizan la piel y los pelos. Metí un chascarrillo que nadie festejó: “a mí se me erizaron los pelos por el fantasma de los ‘90 que anda por acá”. 

Terminamos de saludar a todos los ranchos del acampe y fuimos para el escenario, un tablón techado que simula la entrada, la boca de una mina. Nos demoramos un poco sin saber muy bien qué hacer.  

A los 500 despidos, se había sumado, el día anterior, una serie de maniobras espantosas del interventor Omar Zeidán: retiró las tarjetas de marcación de más de 200 trabajadores. Al mismo tiempo, dos compañeras de administración vivían la angustia de ser obligadas a hacer la liquidación final de centenares de sus compañeros. Sin liquidación final, no hay sueldos, les dijeron. Así que estaban en ese debate. ¿No cobra nadie y bancamos a los despedidos? ¿Cobramos los que podemos, y que los liquiden a los demás? Los estaban poniendo a unos contra otros, y era obvio que el clima no daba para show de humor. 

Uno de ellos nos lo hizo saber: “¿qué espectáculo? Espectáculo ya tenemos con lo que pasó ayer”. 

No sabíamos cómo seguir… así que nos fuimos al gremio. 

En ese camino alcancé a ver una pared pintada con la figura de Néstor. “No nos olvidaste, no te olvidaremos”. 

En el gremio de Luz y Fuerza hay carteles con el rostro de los entregadores. “La cuenca no olvida”. Me pareció fuerte el contraste, la manera en que una misma idea, no olvidar, puede expresar amor y furia, tristeza y amenaza. 

Volvimos al acampe con una aprobación demasiado tácita para mi inexperiencia, pero bueno, no era mi terreno. Teníamos que hablar con un tal Naza, conocido de Maxi y Mario. No lo encontrábamos y yo sentía que la cosa no daba, que no iba a ser posible hacer el show. Llegó el tal Naza con unos lentes de sol demasiado grandes para su rostro y como en el escenario faltaba micrófono, le dijimos que necesitábamos uno. “Compren”. Dijo. Nos miramos entre los cuatro. “De verdad, falta micrófono”. Naza se agarró la pija y dijo “acá tienen un micrófono”. Después se fue. Yo me quedé algo paralizado y cuando uno de los anfitriones dijo “vayámonos a la mierda”, aprobé la idea. Pero me convencieron de que así es el humor allá. 

La sensación era que nos estaban aplicando cierto rigor justo. Como si quisieran dejar en claro que no alcanza con ir un rato y hacer un show. Claro que no alcanza. 

Al rato apareció el micrófono pero también aparecieron los delegados, y se armó una mini asamblea. Pude presenciar una discusión en la que se ponía en juego la solidaridad, la supervivencia, las estrategias de lucha. Los esfuerzos que hacen para que la mina no cierre, la cantidad de concesiones, la desesperación. 

Más o menos una hora después, yo ya tenía un frío que sabía que me iba a durar por mucho tiempo. De vez en cuando me acercaba a los tachos de fuego para calentarme, pero el viento levantaba un humo tremendo. 

Después de la asamblea, casi todos los mineros se volvieron a los ranchos, Maxi me presentó más o menos como el culo, hizo lo que pudo, no había espacio para ningún protocolo. Me subí al escenario. 

Me acordé de la cantidad de imbéciles que me dicen todo el tiempo que ahora mi trabajo es más fácil porque Macri te deja todo servido, porque se echa muchos mocos. ¿Más fácil? Tratá de hacer reír a 40 mineros despedidos que enfrentan la inminente desaparición de su pueblo. 

Creo que desde los ranchos, eran más los que escuchaban, pero frente al escenario no habían quedado más que esos 40. Apelé a una emoción sencilla, a un reconocimiento un tanto obvio. Hice una parte de mi show con la que me siento seguro porque todo en mí era nervios y la espantosa sensación de estar siendo inútil. Algunos se rieron. Me fui poniendo cada vez más peronista y algunos se fueron de la platea. Es un quilombo la política partidaria ahí adentro. El día anterior habían decidido no permitir el ingreso de ninguna bandera de partido. Estaban cansados de los políticos que se sacan la foto y no traen soluciones. 

Terminé el show, cortito, con la parte en la que hablo de las cosas que se llaman Néstor Kirchner. Me bajé del escenario, algunos mineros me vinieron a saludar. Uno me dijo: “al menos nos hiciste reír en medio de esta mierda”. En el camino de salida también saludaban. Ya estaba anocheciendo. El barro en mis zapatillas tenía partes de hielo. 

Fuimos rápido a la hostería, me duché pensando “acá se duchaba Néstor”. Me imaginé sentado en el inodoro y sacándome una selfie: “acá, cagando a Duhalde como hizo Néstor”. Me pareció que podía incorporar ese chiste al show, pero fuera de Santa Cruz, por las dudas. Me vestí con ropa sin olor a humo y salimos hacia el show en Búho. 

Los dueños habían ido a buscar mesas y sillas porque las reservas estaban colmadas. De hecho habían rechazado gente: “se llenó”. Así que llegué tranquilo con eso. Pero se hicieron las 23 y no había nadie. No más de 20. Todas las mesas extra, vacías. No me gusta caretear: cuando sale mal, hay que contarlo también. Bueno. La convocatoria salió mal. Más de 80 personas que habían reservado lugar, no fueron. Así que yo estaba como el viejito del chiste que toma viagra para esperar a mujeres que nunca llegan. 

Le metimos igual. Agarré el micrófono, saludé a las mesas vacías y dije que me sentía un poco Macri cuando saluda a la nada. Ubiqué una mesa en la que estaba todo bien, una compañera con una risa abierta, enorme. Ubiqué otra mesa donde estaba todo mal: no les importaba el show, hablaban fuerte, atendían el teléfono. Decidí llevar la cosa con cierta tensión hacia esos extremos. Le puse energía porque una vez, cuando cumplí 26 años, una chica me vio enojado con los que no habían ido al cumple y me dijo ¿y qué culpa tenemos los que sí vinimos?

Los del bar la rompieron: se comieron la frustración de esperar una multitud y recibir a 20 y fueron alta platea. Todo más o menos se encaminó. Digamos que de alguna otra manera me fue bien. 

Más tarde volvimos a la hostería, dormí en la misma cama en la que dormía Néstor, o sea que no dormí, o sea que me dejé llevar por una emoción algo infantil, un pensamiento mágico bastante primitivo que me permitía figurarme en la previa de algo maravilloso. Acá se forjó un sueño, pensaba. Acá se forjó el sueño que Néstor vino a proponernos. 

Me levanté temprano porque me habían contado que Néstor dormía tres horas. Le pedí al petiso el mismo café cortito que pedía Néstor, me senté en el mismo lugar, queriendo desesperadamente retener algo imposible. Ahora escribo esto en el comedor, según el Petiso, en el lugar donde Néstor se sentaba a fumar y ver los noticieros de ATC. Me dan ganas de hacer algo que hacía Néstor acá pero nadie más podría hacer: pasar por los pasillos de las habitaciones pateando las puertas para despertar al gabinete. Cagar a pedo a alguien, dejar en claro que es urgente, que no hay tiempo para dormir, que los soretes que entregan la patria han tenido dos siglos y medio para hacer lo suyo, nosotros sólo tenemos esta madrugada, esta mañana helada, el barro con hielo, el viento y el fuego, las manos callosas, la risa abierta y enorme. Vamos. Despiértense. Que Lupín nos enseñó que con eso poco que tenemos, alcanza.”


Comentarios