El Puchero
Cristina y el aborto
13 de junio de 2018
(Y si Néstor y Cristina no hubieran sido Néstor y Cristina y hubieran nacido en otro momento).

Cristina nació en 1995 en el interior.

Es una piba buena, estudiosa.

Le gusta salir de gira de vez en cuando y cuando era más joven se mandó las que se tiene que mandar cualquier piba.

Se sacaba selfies en boliches adentro de baños, sabía cuál era su mejor perfil en Instagram y hacía largos monólogos hablando a la cámara, que luego subía a sus redes y todo el mundo celebraba, compartía y le mandaban mensajes: algunos subidos de tono, de ambos sexos, pero la mayoría bancando sus posturas.

Cristina era una persona muy activa en redes sociales, su usuario podría haber sido pero no lo sabremos, @CristinaRiot o @TinaSantaCruz.

(Ella habría ido a boliches LGBTIQ, hubiera usado pañuelo verde, hubiera ido al Loollapalooza, estaría interiorizada sobre lo que hace Elon Musk, jugaría Playstation, no bebería Cerveza Artesenal y se reiría del corte de pelo genérico que usan los falsos hipsters).  

Cristina estudió abogacía y durante un tiempo paraba en Palermo, o en San Telmo, y se quedaba hasta tarde en Plaza Serrano, fumando unos puchitos, tomando unas cervezas y en los veranos divertidos en los que las sonrisas florecían, dándole algunas pitadas a los porritos que siempre bailaban en las rondas. Era una mina intensa pero copada, de una inteligencia que resaltaba entre todas y todos los y las demás, y eso quizás fue lo que llamó la atención de ese flaco loco alto bizco de pelo un poco largo y anteojos de enormes marcos gruesos. Cuentan que cuando en esas rondas Cristina hablaba, el flaco le miraba la frente porque se preguntaba qué pasaba adentro de esa cabeza para decir las maravillas que decía del modo que las decía.

(Conocería lo que es una resaca, usaría frases de internet y su cuerpo lo sabe, se divertiría con los memes, conocería todos los chistes de los Simpsons, iría cuatro días por semana a su básica, no militaría en La Cámpora).

Cristina vivía en una pieza en Constitución y se sorprendió cuando vio que el flaco le pedía amistad en Facebook. Ella aceptó, porque le interesaba sobre todas las cosas, que el flaco iba al grano cuando tenía que hablar, jodía cuando tenía que joder, pero lo que más le había llamado la atención es que él le había prestado la campera esa mañana que había empezado a llover.

(Tendría un tocadisco portátil de los que están de moda, coquetearía con ser vegana durante tres meses para volver al asado patriótico, militaría derechos de las mujeres, hablaría con la E, diría MACHIRULO, aborrecería a las "Ni Una Menos" consignistas televisivas que no hacen nada más que twitear y estaría bastante cerca de las posturas de izquierda).

Los dos estaban en la historia de la política, ambos eran peronistas y les gustaba la idea de recuperar viejas banderas que tenían que ver con el futuro aunque se parecían a medidas del pasado, aquel pasado del primer peronismo. Eran militantes, de verdad.

(Escucharían los Redondos, Leonard Cohen, irían al Konex de vez en cuando, conocerían Makena los jueves, pelearían con los troskos y le ganarían la fotocopiadora).

Cristina usaba el pelo rapado de uno de los costados, pelo caoba como el fuego, purpurina verde en las marchas y vincha de flores, bailaba y gritaba en las manifestaciones y siempre agarraba el megáfono para arengar a las suyas y los suyos.

El flaco acompañaba, miraba, apoyaba cuando tenía que apoyar, pero su historia es otra historia y hoy contamos otra.

(Ella iría a ver a Radiohead, usaría parches en su chaleco de cuero, conocería el Salón Pueyrredón, tendría su breve historia de After Hours tecno, apreciaría la pizza de Kentucky, habría viajado a Bolivia de mochilera, volvería a su provincia cinco y hasta seis veces por año para encontrarse con ella misma y sonreír respirando amor).

En 2018 ya existía la Asignación Universal por Hijo.

Ya existía el Matrimonio Igualitario.

Ya existía la Identidad de Género.

Ya había satélites en el espacio.

Ya se habían entregado millones de Netbooks.

(Ella y él habrían apoyado todas las leyes que amplían derechos, estarían del lado de los buenos y no de los malos, estarían en contra del neoliberalismo, venerarían a Evita y su figura, le pelearían al PJ sus criterios retrógados, pelearían con el Papa y tendrían un hijo y una hija).

Ya había conocido el país dos aumentos a jubilados y jubiladas por año.

Ya habían metido presos hasta que se pudran a los milicos que diezmaron a la nación.

Ya habían recuperado YPF.

Ya habían echado al FMI del país (aunque estaría volviendo).

Ya habían recuperado el grito de la mujer como figura histórica, de decisión. Mejor que cualquier hombre.

En 2018 estaba el recuerdo del Misoprostol, esa pastilla para generar abortos, que estuvo en Precios Cuidados durante el gobierno anterior, porque un gobierno que había hecho y logrado avances del futuro parecidos al mejor pasado, también había decidido que ciertas cosas tenían que estar al alcance del corazón de cualquier mujer.

(Habrían recorrido supermercados, ambos, Cristina y Néstor, revisando precios, hubieran hecho el Censo, habrían estado bancando en las inundaciones de La Plata, se habrían ido de su agrupación, habrían armado otra, irían seguido a Perón-Perón a comer, prefererían los amaneceres en su provincia y su sueño sería volver).

Entonces Cristina, tatuada en todo el cuerpo, caminando una tarde con el flaco al costado de la vía, pensó en voz alta.

Preguntó qué necesitaban las mujeres.

Las mujeres que mueren.

Las mujeres que son excluídas.

Las mujeres a las que matan.

Las mujeres que se ven obligadas por la sociedad a tener que ser madres para "realizarse".

Y se preguntó si no sería un buen momento para pensar en que al aborto tenía que ser seguro, legal y gratuito.

Pensó que era el momento. Que el país había avanzado. Que los derechos caían de los árboles, que eran como la lluvia, que los mudos hablaban.

Que un gobierno hace no tanto tiempo, había logrado lo que ningún otro gobierno en la historia.

Y así Cristina, ardiente como el fuego, encontró en el flaco Néstor, ese que la acompañaba, una mirada segura, y una respuesta positiva.

Se miraron con el sol de fondo envolviendo su porvenir y así habiéndolo parido durante eras, se besaron en silencio.

Sonrieron.

Se dijeron una palabra de amor, en secreto.

Se dieron la mano.

El kirchnerismo nace todos los días en todos los hombres y las mujeres que quieren transgredir.


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